
Cuatro pinceles. Es lo único que queda abierto en mi panel cuando cierro el entintado digital de una portada, aunque la carpeta de descargas de Procreate tenga el triple acumulado desde que dejé el papel. En el grupo de chat me preguntan todo el tiempo por trucos de Procreate para que una ilustración editorial no se note hecha con tableta, y mi respuesta siempre es la misma: la limpieza no sale de la herramienta, sale de recortar el flujo de trabajo hasta quedarte con lo mínimo que de verdad sostiene una línea. Lo digo porque a mí me costó aceptarlo. Antes de llegar a esto probé de todo, incluido calcar directamente sobre la pantalla para que mi trazo digital copiara el gesto que tenía en las libretas de papel barato de toda la vida, y lo único que saqué de ahí fue una muñeca dolorida y una línea que parecía de otra persona.
En el grupo somos varias, pero Ainhoa Eguren es la que más tarda en soltar una opinión: no recomienda nada sin haberlo probado durante un par de semanas completas, así que cuando le enseñé el panel reducido a cuatro pinceles se quedó calladísima un buen rato antes de admitir que ella también había acabado igual. Fue ella la que me pasó un texto sobre cómo importar pinceles en Procreate y gestionar tus recursos digitales, y entre las dos acabamos de limpiar la biblioteca que yo tenía medio abandonada desde que empecé.
No hace falta subir la estabilización al máximo
No. Lo probé en mis primeras semanas con el iPad, convencida de que si el software corregía mi pulso, la portada saldría perfecta. Subí el Streamline casi al tope y la línea perdió el alma: quedó rígida, como un vector mal resuelto, justo lo que no quieres en la cubierta de un libro o en una etiqueta de vino. Ese ajuste fino da para su propia entrada, así que no me voy a repetir aquí; lo que a mí me cambió el panorama fue otra cosa.

Fue un sábado en el Mercado Central de Valencia, con un folleto de un puesto de encurtidos que alguien había doblado y desdoblado tantas veces que ya tenía las esquinas blandas, cuando me fijé en algo: la tipografía seguía intacta justo en el pliegue, sin una letra rota ni un borde sucio. Pensé en mis propias exportaciones a medias y me dio vergüenza ajena. Desde ese fin de semana no mando un archivo a imprenta sin revisar antes la resolución y el margen de sangrado del lienzo, aunque ese tema también merece su propio espacio aparte.
La ronda de revisión de las etiquetas de Mariví
Mariví Esteve lleva ya dos temporadas encargándome las etiquetas de los vinos de edición limitada de su bodega en la Ribera Alta, y jamás aprueba nada sin pedir el archivo de Procreate completo, capa por capa. Hace unas semanas me pidió un cambio de tono en el fondo de una etiqueta a última hora, el típico correo que llega mientras ya tienes la cabeza metida en el siguiente encargo. Como la capa de tinta estaba marcada como referencia y el color vivía debajo, pude mover el relleno con el Color Drop sin tocar una sola línea; ese ajuste de umbral para que no queden bordes blancos también da para otro post, pero aquí lo que importa es que la ronda de revisión se cerró en un rato muerto entre dos encargos, no en una tarde entera.

Cuando llegó el aviso de Mariví estaba girando la silla hacia la pantalla, uno de esos giros bruscos que solo salen bien sin apoyabrazos estorbando, hacia el iPad Pro fijo en su soporte articulado, con el Pencil ya en la mano desde el rail magnético del lateral. Por la ventana entraba la luz plana de siempre desde el patio interior, y sobre la estantería seguían los sketchbooks de papel que ya casi no abro, junto a los tres libros de ilustración editorial que sí sigo consultando. Ahí, otra vez, esa diferencia que solo enseña la mano: el roce del lápiz sobre el cristal templado cambia según aprietes flojo o aprietes de verdad, y esa distinción es la que separa un trazo con carácter de uno que parece calcado por una máquina.

El flujo de trabajo que por fin encajó hacia la quinta semana
Para la quinta semana de trabajar con el panel reducido y las capas de referencia ya metidas en la rutina, entintar una portada completa dejó de comerse la tarde entera; se quedaba en la mitad, más o menos, y eso es lo único que de verdad le importa a quien paga por página. No fue una revelación de un día para otro, fue que dejé de improvisar el orden de los pasos y empecé a repetir siempre la misma secuencia: boceto, tinta, capa de referencia, color.

Revisar la tinta sobre un fondo chillón antes de exportar
Antes de exportar nada apago el color y pongo la capa de tinta sola sobre un fondo rosa fucsia o verde lima, de esos que duelen un poco a la vista. Es la única manera de pescar esos puntos sueltos o trazos que no se cerraron del todo y que luego complican una selección o un corte en la imprenta. En CMYK, que es lo que suelen pedir para libros y etiquetas, algunos modos de fusión de capas no se comportan igual que en RGB, así que una tinta sólida y opaca sigue siendo la apuesta más segura; de ahí viene que hable tan poco de efectos y tanto de la línea en sí.

La mayoría de las veces que un entintado se ve sucio, el problema no está en la línea sino en cómo se aplican las sombras por encima, algo que se entiende mejor leyendo sobre las diferencias entre máscara de capa y recorte en Procreate para ilustradores. Lo único que me llevo de estos meses es que la limpieza no es un ajuste que activas una vez: es una lista corta de revisiones que haces siempre en el mismo orden antes de mandar cualquier archivo, y esa lista cabe en una tarde, no en una carrera contra el reloj la noche antes de la entrega.